ANTONIETA RIVAS MERCADO (SEGUNDA PARTE)
María Antonieta Rivas Mercado nació en la Ciudad de México. Su padre, Antonio Rivas Mercado había estudiado en colegios de Inglaterra, y más tarde la carrera de arquitectura en París. En México llegó a ser uno de los proyectistas más renombrados de su época. Entre sus realizaciones más destacadas están la Columna de la Independencia (El Ángel), donde los mexicanos van a festejar sus triunfos deportivos (como la Plaza Italia de Santiago), la casa del Museo de Cera, la mansión ubicada en la avenida Juárez 18, frente a Bellas Artes, terminó de construir el teatro Juárez de Guanajuato, etc. Con los años, llegó a ser director de la Academia de San Carlos, una de las mejores escuelas de arte de México.
A los 9 años Antonieta realiza, junto a su padre y su hermana mayor su primer viaje a Francia, que dura varios meses. Aprende francés, visita museos, asiste a la ópera y al teatro, conoce a artistas extranjeros y a los mexicanos que vivían en París.
Ya de regreso en México, a la edad de doce años sus padres se separan, y su madre se va a París con su hermana mayor, dejando a Antonieta con su padre y sus otros dos hermanos. En esos tiempos la joven estudia danza y piano.
A los 18 años se casa con un ingeniero de origen norteamericano, y al año siguiente tiene su primer y único hijo. Una larga historia de desacuerdos con su marido hacen que ella, que en ese tiempo vivía en provincia, se arranque con su hijo a la Ciudad de México, a casa de su padre. A los 23 años se embarca con su padre y su hijo rumbo a Europa, viviendo temporadas en Francia, Italia y Suiza. Mientras tanto su marido le interpone un juicio por abandono de hogar. Después de 2 años en el extranjero, regresan a México a enfrentar la justicia, y Antonieta es obligada a entregar a su hijo. De ahí en adelante se dedica a intentar recuperarlo. Cuando Antonieta tiene 27 años muere su padre, y el testamento la nombra albacea y principal heredera de la familia. A partir de ese momento se introduce de lleno en el medio cultural de su época, como impulsora de los artistas más importantes del momento, como patrocinadora del Teatro Ulises y del Teatro de Orientación, y organiza exposiciones de pintores y ediciones de libros, a la vez que comienza a colaborar con artículos para una revista.
Así conoce al pintor Manuel Rodríguez Lozano, con quien entabla una gran relación de amistad, y a quien, con el tiempo, llegó a amar de una manera casi obsesiva al no ser correspondida.
El año 1975 se dan a conocer las cartas que escribió al pintor a lo largo de mas de tres años, y hasta poco antes de su suicidio en Paris. El inmenso dolor de “no poder” ser correspondida (el pintor Manuel Rodríguez Lozano era, al parecer, homosexual)
por el hombre del que por primera vez se enamora la hacen intentar encontrar el amor en otras personas, sin conseguirlo. Así se involucra con José Vasconcelos, escritor y filósofo mexicano, al que ayudó con toda su energía en su candidatura a la presidencia.
En vista de que no ha podido recuperar a su hijo, en el mes de Julio del año anterior a su muerte toma el único camino que tiene para burlar la ley, y ayudada por algunos amigos, secuestra al niño y se dirige a Tampico. Desde allí toma un avión junto a su hijo con destino a Nueva Orleáns, y desde ese puerto se embarca rumbo a Francia. Ya en París, con el propósito de escribir y de que su hijo vaya al colegio, opta por irse a vivir a provincia, y elige Bordeaux. Desde ese mes y hasta su trágico fin, es posible reconstruir su vida por su diario, comenzado el día 6 de Noviembre.
He aquí algunos fragmentos de sus cartas a Rodríguez Lozano:
“Ha sido mi crisis, Manuel, tan grave, que sólo ahora me doy cuenta. He vuelto a un mundo que no era como aquél de donde me fui —este mundo de conciencia es más mío; el dolor me ha purificado, vía antes el llamado de un amor, otro, impuro, imperfecto, se ofrecía tan entero, tan generoso, tan real. Manuel, Manuel, cómo me pesa mi soledad, esta soledad humana que usted me ha impuesto. Sé que lo mejor, lo único, es lo que usted quiere, y sin embargo no quería resignarme”.
“Daría cualquier cosa por poder hablar con usted. Necesitaría charlar para decirle cuán precioso es usted y cuánta razón tiene usted siempre.
He estado tan enferma que sólo hoy me di cuenta que hace dos semanas completas que estoy en cama —ya no aguanto, pero me falló la voluntad y tenía insomnio y no comía y estoy sumamente débil, y, dicen, estuve peligrosamente enferma, con los nervios hechos añicos. Me faltó usted, eso fue todo— no, Manuel, no puedo volar del nido”.
A los 9 años Antonieta realiza, junto a su padre y su hermana mayor su primer viaje a Francia, que dura varios meses. Aprende francés, visita museos, asiste a la ópera y al teatro, conoce a artistas extranjeros y a los mexicanos que vivían en París.
Ya de regreso en México, a la edad de doce años sus padres se separan, y su madre se va a París con su hermana mayor, dejando a Antonieta con su padre y sus otros dos hermanos. En esos tiempos la joven estudia danza y piano.
A los 18 años se casa con un ingeniero de origen norteamericano, y al año siguiente tiene su primer y único hijo. Una larga historia de desacuerdos con su marido hacen que ella, que en ese tiempo vivía en provincia, se arranque con su hijo a la Ciudad de México, a casa de su padre. A los 23 años se embarca con su padre y su hijo rumbo a Europa, viviendo temporadas en Francia, Italia y Suiza. Mientras tanto su marido le interpone un juicio por abandono de hogar. Después de 2 años en el extranjero, regresan a México a enfrentar la justicia, y Antonieta es obligada a entregar a su hijo. De ahí en adelante se dedica a intentar recuperarlo. Cuando Antonieta tiene 27 años muere su padre, y el testamento la nombra albacea y principal heredera de la familia. A partir de ese momento se introduce de lleno en el medio cultural de su época, como impulsora de los artistas más importantes del momento, como patrocinadora del Teatro Ulises y del Teatro de Orientación, y organiza exposiciones de pintores y ediciones de libros, a la vez que comienza a colaborar con artículos para una revista.
Así conoce al pintor Manuel Rodríguez Lozano, con quien entabla una gran relación de amistad, y a quien, con el tiempo, llegó a amar de una manera casi obsesiva al no ser correspondida.
El año 1975 se dan a conocer las cartas que escribió al pintor a lo largo de mas de tres años, y hasta poco antes de su suicidio en Paris. El inmenso dolor de “no poder” ser correspondida (el pintor Manuel Rodríguez Lozano era, al parecer, homosexual)
por el hombre del que por primera vez se enamora la hacen intentar encontrar el amor en otras personas, sin conseguirlo. Así se involucra con José Vasconcelos, escritor y filósofo mexicano, al que ayudó con toda su energía en su candidatura a la presidencia.
En vista de que no ha podido recuperar a su hijo, en el mes de Julio del año anterior a su muerte toma el único camino que tiene para burlar la ley, y ayudada por algunos amigos, secuestra al niño y se dirige a Tampico. Desde allí toma un avión junto a su hijo con destino a Nueva Orleáns, y desde ese puerto se embarca rumbo a Francia. Ya en París, con el propósito de escribir y de que su hijo vaya al colegio, opta por irse a vivir a provincia, y elige Bordeaux. Desde ese mes y hasta su trágico fin, es posible reconstruir su vida por su diario, comenzado el día 6 de Noviembre.
He aquí algunos fragmentos de sus cartas a Rodríguez Lozano:
“Ha sido mi crisis, Manuel, tan grave, que sólo ahora me doy cuenta. He vuelto a un mundo que no era como aquél de donde me fui —este mundo de conciencia es más mío; el dolor me ha purificado, vía antes el llamado de un amor, otro, impuro, imperfecto, se ofrecía tan entero, tan generoso, tan real. Manuel, Manuel, cómo me pesa mi soledad, esta soledad humana que usted me ha impuesto. Sé que lo mejor, lo único, es lo que usted quiere, y sin embargo no quería resignarme”.
“Daría cualquier cosa por poder hablar con usted. Necesitaría charlar para decirle cuán precioso es usted y cuánta razón tiene usted siempre.
He estado tan enferma que sólo hoy me di cuenta que hace dos semanas completas que estoy en cama —ya no aguanto, pero me falló la voluntad y tenía insomnio y no comía y estoy sumamente débil, y, dicen, estuve peligrosamente enferma, con los nervios hechos añicos. Me faltó usted, eso fue todo— no, Manuel, no puedo volar del nido”.

1 Comments:
Es posible apreciar en las palabras de Antonieta Rivas, la frustración crónica del deseo de ser amada, su deseo de ser amada con la fuerza verdadera del amor....(que para quien es una definición diferente) que al no encontrarse lo buscado va dejándola seca, quitándole la fuerza vital, dejándole un vacío en el alma difícil de llenar...como una cáscara vacía... La muerte surge así como una solución al vacío de la vida. Vaya elección..no sé si este será un tema de mujeres me parece que sí...me resuena la fuerza verdadera del amor...es tan débil el equilibrio de la mente y tan fuerte la tendencia a la muerte y la autodestrucción...el luchar con el vacío diario cuando se suman las frustraciones, sobre todas las del amor....
No pude evitar pensar en el dolor de su hijo...es difícil superar el dolor de la pérdida de una madre que se suicida...toma quizá tanto años como los que le tomó a la madre para quitarse la vida.
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